El peso de los estándares de belleza
- Ale
- hace 6 días
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Comencé a redactar este escrito en mi mente hace un par de semanas. Mi idea era publicarlo durante la semana de concientización sobre los trastornos de la conducta alimentaria, pero me encontraba en la última semana de planeación y entrega del temario de un diplomado sobre TCA dirigido a profesionales de la salud, y no alcancé a hacerlo.
Durante esos días, a diario sucedía algo que funcionaba como detonador de escritura, reflexión y preocupación. Es innegable que la sociedad en la que vivo es un caldo de cultivo para el desarrollo de los TCA.
Por nombrar solo algunos sucesos en dos semanas:
A mi hija de 9 años un compañero la molestó usando una frase ofensiva sobre su cuerpo.
Una mujer joven de 20 años falleció por complicaciones de un TCA.
Escuché una conversación entre mis hijas de 6 y 9 años sobre sus cuerpos.
Los medios de comunicación y los cuerpos en temporada de alfombras rojas, donde parece confirmarse la “muerte” de la diversidad corporal tras el uso desmedido de los GLP-1 (no estoy en contra de su buen uso, son una gran herramienta en muchos casos).
Desde mi trinchera intento que mis hijas no vivan lo mismo que me tocó vivir por los estándares de belleza impuestos sobre las mujeres. Los hombres no viven esta misma presión. Las estadísticas en TCA no me dejarán mentir: aproximadamente 9 de cada 10 casos diagnosticados ocurren en mujeres, especialmente en adolescencia y adultez temprana.
Hablar de trastornos de la conducta alimentaria, estándares de belleza y presión por ser delgada toca fibras sensibles en mí.
Hice mi primera dieta alrededor de los 9 años. Me la indicó un médico. Mi mamá pensó que hacía lo mejor por mi salud. “Tenía que bajar de peso”, y me dieron una dieta restrictiva. Por mi personalidad complaciente de aquel entonces, la seguí al pie de la letra. Me alegraba ver la emoción y aprobación de mis padres cuando la báscula marcaba menos, y me escondía cuando quería comer algún alimento “prohibido”. Era tan pequeña que no me daba cuenta de que era un problema.
Llegué a mi “peso ideal”, pero desde entonces viví contando calorías y macronutrientes para no subir de peso, compensando con ejercicio cuando me “pasaba”. Pasé por todas las dietas que conozcas. Nunca sentí que el peso perdido fuera suficiente; siempre creía que debía bajar más.
Viví así hasta aproximadamente los 33 años, con periodos más intensos que otros, y pausas durante los embarazos, cuando tenía “permitido comer bien”.
Mi mente era mi prisión. Mis pensamientos giraban alrededor de qué comer, cuánto ejercicio hacer o cómo vestirme para verme más delgada. No deseo que ninguna de mis hijas viva así. El espacio que ocupa, el espacio que se pierde para cosas más significativas, es muchísimo.
¿Por qué importa prevenirlos?
Los trastornos de la conducta alimentaria no son solo un problema de “no comer suficiente”, ni se resuelven solo motivando a la persona a dejar conductas compensatorias o a “dejar de pensar que está gorda”. Son trastornos graves que pueden causar múltiples complicaciones físicas y psiquiátricas, afectar profundamente la calidad de vida y evolucionar hacia la cronicidad. De hecho, tienen una de las tasas de mortalidad más altas entre los trastornos psiquiátricos.
Su origen es multifactorial.
Muchas personas que los padecen presentan miedo a engordar y dificultad para aceptarse física y psicológicamente. La insatisfacción corporal se convierte en una forma de descalificación personal. El peso, la forma del cuerpo o la delgadez pasan a definir su autoestima y su valor.
El tiempo que se dedica a pensar en el cuerpo, el peso y la alimentación puede ser enorme. Es como vivir en una prisión mental, donde los pensamientos irracionales ocupan tanto espacio que dejan poco lugar para pensamientos disfrutables.

Muchas veces explico esto a mis alumnos con la metáfora del iceberg: los síntomas visibles —restricción alimentaria o conductas compensatorias— son solo la punta.
Debajo hay un gran malestar psicológico que mantiene el problema. Por eso, tratar solo los síntomas no es suficiente; el tratamiento debe ser multidisciplinario.
El desarrollo de un TCA suele involucrar factores predisponentes, precipitantes y perpetuadores, de origen biológico, psicológico y social.
Entre los predisponentes encontramos:
Biológicos: predisposición genética, alteraciones en neurotransmisores, historia familiar, rasgos de personalidad como perfeccionismo, impulsividad o ansiedad.
Psicológicos: baja autoestima, necesidad de control, rigidez cognitiva o inseguridad corporal.
Familiares: modelos centrados en el peso o la apariencia, críticas o control excesivo.
Muchas recordaremos a alguna tía comentando nuestro peso en la adolescencia, o escuchamos a mujeres hablar negativamente de su propio cuerpo frente a nosotras. Yo crecí escuchando a muchas mujeres quejarse de su cuerpo. Curiosamente, nunca escuché a mis tíos hombres hacerlo.
A esto se suman los factores socioculturales: ideal de delgadez, presión social, estigma del peso e influencia de los medios.
Estos factores generan vulnerabilidad, pero generalmente se necesita un detonador. Entre los factores precipitantes pueden estar las dietas restrictivas o ayunos prolongados (muchas veces la puerta de entrada al TCA y que en nuestra sociedad, muchas veces es "aplaudido"), cambios vitales, bullying, inicio de la adolescencia, exigencias académicas o deportivas, comentarios sobre el cuerpo o eventos traumáticos.
Más allá de lo teórico, quiero que dimensionemos como el aspecto social, los estándares de belleza y la exigencia sobre el cuerpo femenino influyen en el desarrollo de estos trastornos.
Como mujer y como mamá —de niños o niñas— vale la pena reflexionar sobre cómo, sin querer, podemos estar alimentando futuros TCA.
Lo que más deseo para mis hijas es que vivan libres de la prisión de los estándares de belleza. Que su vida no esté limitada por lo que piensan sobre su cuerpo y que su valor no dependa de una talla.
Intento incidir en todos los factores que puedo, pero el aspecto social estará presente toda su vida. Y eso me preocupa.
Por último, quisiera dejar algunos consejos para ayudar a combatir los estándares de belleza y la presión social:
Evita comentarios sobre el peso o el cuerpo, incluso si parecen positivos. Refuerzan la idea de que el valor de una persona depende de su apariencia.
Modela una relación saludable con la comida. Nuestros hijos observan todo: evitemos hablar de dietas, culpa o “pecados” al comer. Hablemos de cuidar y nutrir nuestro cuerpo.
Fomenta una imagen corporal positiva, hablando de diversidad corporal y de los cambios normales del cuerpo cuando llega la adolescencia, también con los niños.
Retrasa el uso de redes sociales y cuando llegue el momento, hablen sobre filtros, edición de imágenes y estándares irreales.
Prioriza salud y bienestar sobre el peso: alimentación variada, movimiento agradable, descanso y bienestar emocional. Quitémosle peso al peso. Hablemos de cuidar de la salud de una forma más integral.
Atención a señales tempranas: cambios marcados en hábitos alimentarios, evitar comidas familiares, preocupación excesiva por el cuerpo o conductas compensatorias.
Trabajemos hoy, para incidir en su futuro.



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